domingo, 28 de junio de 2026

León XIV entre reformas y contra-reformas

      Cerca de la mitad exacta del año (el próximo día 2 de julio), recién pasado el solsticio de verano en el hemisferio Norte, nos sorprende la fiesta de san Pedro, signo también en el Norte del fin del curso escolar y académico, y de las mieses maduras que se cimbrean en los campos reclamando ser cosechadas. 

     Entre los católicos, hablar de Pedro, es hablar del Papa. Y León XIV lleva ya sus también 14 meses comenzando a gobernar la Iglesia. Cabe pensar que ya haya alcanzado su velocidad de crucero, y sea ésta la marcha normal que podamos esperar de la navegación de su barca, la 'barca de Pedro'. El tiempo de la espera de novedades en comparación con el papado anterior ya se agotó. 14 meses, para lo que es el tiempo de un Papado, ya parece suficiente para pensar que ya sabemos cómo maneja y/o va a manejar León esta barca.

     Y no cabe duda de que la mar no está precisamente en calma. Francisco se despidió con tareas de renovación a medio hacer, algunas en concreto aplazadas sine die esperando un mejor momento, con más calma. Eso por parte de las reformas: la sinodalidad, la mujer en la Iglesia, la participación de los laicos y seglares, las «cuestiones emergentes» en la moral, la renovación teológica y litúrgica...

     Pero ahora los vientos azotan también por el otro lado, no el de las reformas pendientes o solicitadas, sino por el de las contra-reformas: la reivindicación de los viejos modos, la vuelta a la misa en latín, por el rito tridentino, el bloqueo de cualquier adaptación a los 'signod de los tiempos' que han sobrevenido en estos sesenta años posteriores al Concilio Vaticano II... Y estos vientos son, de golpe, más recios: amenazan con declarar un cisma: bastará un hecho, el de la consagración episcopal de cuatro sacerdotes, para la que Roma, el Papa, no ha dado permiso. «No lo hagan», les ha dicho, y si no, habrá consecuencias. El día marcado es el primero de julio: ahí mismo. ¿Qué va a pasar? ¿Qué harán? ¿Será posible que estemos a las puertas de un nievo cisma? Lo vamos a saber enseguida. 

     Y ahí queda en medio, suspendido como en la gloria de Bernini, Robert Francis Prevost Martínez, a quien hace como quien dice cuatro días, le cayó en suerte una elección que se atrevió a aceptar. ¿Pero cómo a un simple mortal se le pone en el aprieto de navegar entre vientos encontrados, de reforma y contra-reforma, y frente a amenazas de cisma que son acontecimientos, digamos 'históricos'...? 

     Claro, se me responderá enseguida que Francis Prevost no es quien va a decidir, sino el Papa. ¿No son la misma persona? Sí y no, diría yo; uno es una simple persona, como tú o como yo, y el otro es un 'personaje', no en el sentido de ser una persona famosa, sino en cuanto que le ha sido conferido una función, un rol, un papel, un 'ministerio' eclesial... Serían necesarias palabras mayores si nos enrumbamos por ahí.

     Mejor prefiero volver a Pedro, que a todos los evoca la figura de Pedro. Dijo José María Díez-Alegría, con frase célebre, que «el Papa actual es el sucesor de un primer Papa, que nunca existió». No hace falta armarse de rigor histórico para saber que Pedro, efectivamente, no fue de hecho un papa... Más, obviamente, nunca se consideró tal, ni le pasó por la cabeza que pudiera serlo. Sólo varios -no pocos- siglos después, se fue configurando, lentamente, la figura del papa y del papado. 

     A nosotros -casi diría que a la mayoría de los occidentales y más ampliamente de los cristianos- se nos enseñó que Jesús de Nazaret ya lo previó todo, y lo escogió a él, y avant la lettre ya lo nombró tal. Y que todo lo que siguió -los casi trescientos papas que ha tenido la Iglesia Católica- los tenemos registrados y bien sabidos. De hecho, en el canon de la misa de Trento, muchos recordamos que en un momento determinado se recordaba el inicio de la lista: Pedro, Lino, Cleto, Sixto, Cornelio, Cipriano... ¿Recuerdan? Se nos grabó en la memoria. Así lo pensó la Iglesia durante mucho tiempo, un tiempo 'inmemorial', y así lo enseñó, y así lo creímos todos. 

     Pero este Pedro, que significa piedra, piedra 'sobre la que edificó su Iglesia', resulta ser hoy día una piedra poco firme. Parece que las cosas no fueron así. Pedro, como decía Díez-Alegría, no supo que era Papa. (Silvestre, el obispo de Roma, no acudió al concilio que convocó Constantino en el 325, porque tampoco sabía que era Papa... y de hecho, por entonces todavía no se había configurado la figura del papado). 

     La fiesta de Pedro, este 29 de junio, es una ocasión propicia para informarse sobre ello. No son seguras varias de las cosas que más tradicionalmente atribuimos a Pedro. ¿Fue realmente obispo de Roma? Más, ¿llegó a vivir -y morir- en Roma? ¿Sabemos con mínima seguridad cuáles fueron los obispos de Roma de los primeros siglos? No se enfade el lector por la osadía de estas preguntas; son los historiadores quienes las lanzan, los historiadores de hoy, no los antiguos. 

     Es por eso que no quiero dejar de recomendar vivamente, muy encarecidamente, la lectura del artículo de Silvia ACERBI y Ramón TEJA, «El primado del obispo de Roma. Orígenes históricos y consolidación». No es largo, y está disponible en la red, libre (gratuitamente), en los Servicios Koinonía, en su Revista Electrónica Latinoamericana de Teología. No dejen de leerlo. No se arrepentirán. Gracias por su atención. 

     

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