Balance de los 10 años del
papa Francisco
José ARREGI
En noviembre de 2013, ocho meses
después de su elección, el papa Francisco publicó el primero de sus grandes
documentos, creo que el mejor de todos los textos escritos o firmados por él:
la Exhortación Apostólica Evangelii
Gaudium. Fue como un pregón programático. Como un
pregón primaveral. Evocaba aquellas palabras que el relato evangélico de Lucas
pone en boca de Jesús en la escena inaugural de su misión profética en la
sinagoga de Nazaret: “El Espíritu de la Vida me envía a anunciar la buena
noticia a los pobres, a proclamar la liberación de los cautivos, a promulgar el
año de gracia, el Jubileo de la justicia y de la paz sobre toda la Tierra” (Lc
4,18-19).
“Evangelii
Gaudium: eso es todo y a eso vengo”, venía a decir el papa argentino,
jesuita y franciscano a la vez: solo la bondad inseparablemente personal y
política puede traer la alegría de vivir a esta tierra, solo la alegría
compartida puede sostener a la larga la lucha por la paz y la justicia
universal. La Evangelii Gaudium no denuncia la cultura actual,
sino la economía financiera asesina. Afirma que “el gran peligro del mundo (y
de los cristianos) es la tristeza” (n. 2), y el remedio no está en creer los
dogmas, sino en realizar la “revolución de la ternura” (n. 88). Fue un pregón
profético y primaveral con los pies en el suelo y el espíritu en la Buena
Noticia de Jesús.
La Buena Noticia
de Jesús fue y sigue siendo políticamente y religiosamente subversiva, y es
posible que ningún documento de ningún papa anterior lo haya expresado con la
fuerza, la libertad y la valentía con que lo hizo el papa Francisco en su
programática Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. Es lo
primero que quiero afirmar en mi balance personal de sus 10 años de
pontificado.
Y quiero destacar
en particular la extraordinaria aportación de este papa a las grandes causas
políticas globales de nuestro tiempo: su reivindicación de la justicia como
condición de la paz, su denuncia de la economía financiarizada, su análisis de
la emergencia ecológica, su reivindicación de la igualdad de los derechos de la
mujer (con la grave incoherencia que luego señalaré…). Baste mencionar algunas
afirmaciones de la misma Evangelii Gaudium. Denuncia sin
titubeos “una economía de la exclusión y la inequidad”, “esa economía que mata
(n. 53); y afirma rotundamente que “hasta que no se reviertan la exclusión y la
inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible
erradicar la violencia” (n. 59); que “hay un signo que no debe faltar jamás: la
opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha (n.
195), y que “mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres,
renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación
financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se
resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La
inequidad es raíz de los males sociales” (n. 202).
Estas
declaraciones y otras muchas similares que el papa Francisco ha proclamado a
los cuatro vientos en los cinco continentes a lo largo de estos 10 años
ininterrumpidamente –“Quitad vuestras manos de África”, y “El veneno de la
codicia ha manchado de sangre sus diamantes”, dijo hace un mes en la República
Democrática del Congo– han hecho de él el profeta político más importante de
esta década, y no soy yo quien lo dice, sino analistas políticos de izquierda
de prestigio internacional como Boaventura de Sousa Santos, y líderes y lideresas
de Podemos como Juan Carlos Monedero, Pablo Iglesias y Yolanda Díaz. Esa es, a
mi modo de ver, la mejor contribución del papa Francisco.
Claro que la
contribución socio-política, aun siendo la primera condición, no permite sin
más hablar de primavera eclesial. Esta requiere una profunda transformación de
la institución eclesial en los campos de la teología, la moral y la
organización del poder. ¿Sería posible? Para gran sorpresa de propios y
extraños, el espíritu y la letra de Evangelii Gaudium sugerían
una profunda transformación eclesial. Denunciaba sin tapujos a la gente de
Iglesia que “se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o
por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado.
Es una supuesta seguridad doctrinal o disciplinaria que da lugar a un elitismo
narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es
analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la
gracia se gastan las energías en controlar” (n. 94). Recalcaba que los hombres
y las mujeres de hoy necesitan encontrar en la Iglesia “una espiritualidad que
los sane, los libere, los llene de vida y de paz al mismo tiempo que los
convoque a la comunión solidaria” (n. 89); que “la Iglesia tiene que ser el
lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido,
amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (n.
114); que, “pequeños pero fuertes en el amor de Dios, como san Francisco de
Asís, todos los cristianos estamos llamados a cuidar la fragilidad del pueblo y
del mundo en que vivimos” (n. 216); que “aun las personas que puedan ser
cuestionadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse” (n.
236); que “Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne
sufriente de los demás” (n. 270). Y aseveraba que “no podemos pretender que los
pueblos de todos los continentes, al expresar la fe cristiana, imiten los modos
que encontraron los pueblos europeos en un determinado momento de la historia,
porque la fe no puede encerrarse dentro de los confines de la comprensión y de
la expresión de una cultura” (n. 118); que, por lo demás, “no hay que pensar
que el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con determinadas
fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido
absolutamente invariable (n. 129). Y, antes de todo ello, afirmaba: “tampoco
creo que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa
sobre todas las cuestiones (n. 16).
Es un texto lleno
de aliento y frescura. Pero no todo era fresco y nuevo: sigue refiriéndose
reiteradamente a la vieja teología de la muerte sacrificial, expiatoria, de
Jesús que “dio su sangre por nosotros” (n. 178; cf. 128, 229, 274) (¿para quién
puede eso resultar hoy buena noticia, motivo de alegría?); reivindica una mayor
presencia de la mujer en la Iglesia, pero afirma a la vez que “el sacerdocio
reservado a los varones, como signo de Cristo Esposo que se entrega en la
Eucaristía, es una cuestión que no se pone en discusión” (n. 104) (¿una Iglesia
clerical podrá comunicar el gozo del Evangelio a las mujeres y a los hombres de
hoy?); habla de la defensa de los “niños por nacer”, sin hacer distinción
alguna entre el cigoto de un día y el feto de cuatro meses (nn. 213-214) (lo
que contradice los datos de la ciencia: ¿puede así la Iglesia aliviar la
angustia de muchas madres y padres?). En resumidas cuentas: el mensaje político
de la Evangelii Gaudium, tanto en su denuncia como en su anuncio,
habla el lenguaje de hoy, mientras que el mensaje más propiamente religioso y
eclesial sigue ligado a creencias y categorías del pasado incapaces de inspirar
a la inmensa mayoría de nuestra sociedad.
No obstante,
la Evangelii Gaudium en su conjunto me hizo vibrar. Todo
sonaba a puro Evangelio de aliento y renovación, libertad y liberación. Como
innumerables cristianas y cristianos, la leí como un bello y firme himno a la
primavera eclesial. Sin embargo, no me lo creía del todo, por dos motivos
mayores. Primero, porque no veía señales claras de nuevo lenguaje teológico.
Segundo, porque en el año 2013 yo ya no albergaba ilusiones de que en este
pontificado se fuera a recuperar el retraso secular acumulado por la
institución eclesial en los últimos 500 años (muchos más, en realidad), revertir
la inercia tradicionalista de los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto
XVI, colmar el desfase creciente entre la cultura moderna-posmoderna y el
sistema eclesiástico en su conjunto. Ya era muy tarde para que la entera
institución eclesial se dejara transformar por el espíritu de Jesús, por el
aliento de la vida.
¿Y hoy, 10 años
después? Lo diré abiertamente, y no sin algún pesar: sigo sin ver señales de
aquella primavera anunciada. No obstante, constato con profunda extrañeza que
muchas mujeres y hombres inteligentes y críticos celebran “la primavera del
papa Francisco” como ya llegada, o al menos estrenada e irreversible. Por
despacio que corra el tiempo en los relojes vaticanos y a pesar de que sus días
sean como siglos, en estos tiempos de cambio acelerado, 10 años a la espera de
la primavera son muchos años, demasiados para seguir aguardándola. En estos 10
años el mundo ha cambiado tanto y la Iglesia tan poco o nada, que su retraso se
ha redoblado, la brecha entre la sociedad y la Iglesia ha seguido creciendo, y
no porque la sociedad se haya alejado, sino porque la Iglesia sigue detenida en
el pasado. 10 años son dos legislaturas en la mayoría de los parlamentos y
gobiernos. Son suficientes para que quede bien de manifiesto aquello que un gobierno
se propone hacer y lo que no, o aquello que puede hacer y lo que no podrá
aunque se lo proponga. Una década es también suficiente para que un papa
plenipotenciario dé signos inequívocos de lo que quiere y no quiere, de lo que
puede y no puede hacer por plenipotenciario que sea (contradicción congénita
del papado).
Entretanto, el
zorzal común ha vuelto a cantar cada año sus variadas melodías siempre nuevas y
el almendro ha florecido adelantándose cada año a la primavera general. La vida
revive sin cesar y su incesante renacer es irreversible a pesar de todo, a
pesar incluso de esta humanidad a la deriva. Pero, 10 años después, sigo sin
ver las señales de la primavera eclesial. Porque quiere y no puede, porque
puede y no quiere o porque ni quiere ni puede, la primavera no ha llegado ni la
espero. ¿Y por qué lo digo así, tan tajantemente? He aquí 6 de los motivos
principales:
1.
Una
teología que se ha vuelto incomprensible. Las palabras del papa Francisco siguen aferradas a la misma teología
de siempre; la misma imagen de Dios como Ente Supremo, aunque misericordioso,
que interviene en el mundo; el mismo viejo “diablo”; la misma idea del ser
humano como centro y culmen de la creación; el mismo pecado y la misma idea de
la Cruz expiatoria de “nuestros pecados”; la misma presentación del cielo y del
infierno del más allá. Los mismos dogmas y el mismo Derecho Canónico con dos o
tres retoques irrelevantes. Y pienso que, mientras no cambie la teología, no
habrá primavera en la Iglesia. ¿Por qué el cristianismo tiene que
cambiar o morir? era el título de un libro publicado por el obispo
episcopaliano John Shelby Spong en 1999. Hace 50 años como mínimo que, según
todos los indicios, la Iglesia católica optó por morir en vez de renovarse y
revivir.
2.
Una
visión insostenible de la homosexualidad: “Si una persona es gay y busca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién
soy yo para juzgarlo?”, dijo en el avión a la vuelta de
Brasil en 2013, y mucha gente vio en esas palabras una ruptura con el pasado
que yo sigo sin ver, pues alguien afirma que “no puede juzgar” a una
determinada persona cuando ésta mantiene una conducta considerada en sí misma
como condenable (“¿quién soy yo para juzgar a un homicida?”). De acuerdo con la
tradición teológica general, el papa ha afirmado siempre que “la orientación
homosexual no es pecaminosa, pero que los actos homosexuales sí lo son”, aunque
en una reciente entrevista se enredó un poco diciendo que “la homosexualidad no
es delito, pero sí pecado”. Sea como fuere, ha repetido numerosas veces que “el
sacramento del matrimonio es entre un hombre y una mujer, y la Iglesia no puede
cambiar eso”. Pues bien, no habrá primavera eclesial mientras perdure esa
homofobia.
3.
Una
perspectiva de género absolutamente fuera de lugar. Durante estos 10 años, hasta hoy, el papa
Francisco se ha referido reiteradamente a la “teoría de género” como “una
colonización ideológica”, “esa maldad que hoy se hace en el adoctrinamiento de
la teoría del género”, tachada de “diabólica y de “atentado contra la
Creación”, que “vacía el fundamento antropológico de la familia”. ¿Qué
primavera cabe mientras se sigan lanzando tales falsedades y ofensas contra las
personas LGTBIQ+ y contra la sensibilidad, imprescindible, de una mayoría
social creciente?
4.
La
mujer sublimada y marginada. A
lo largo de esta década se han multiplicado en boca del papa las tomas de
posición sobre la necesaria igualdad de derechos de la mujer en todos los
ámbitos de la sociedad civil…, Pero no en el interior de la comunidad eclesial,
en la que la mujer no puede acceder a todos los puestos de responsabilidad y de
poder, y ello “por voluntad divina”. Se ha referido tímidamente a la posible
ordenación de “diaconisas”, y muy recientemente incluso a la posibilidad de que
una mujer presida un dicasterio vaticano, pero en ambos casos se trataría de
funciones subalternas, siempre desligadas del llamado “sacerdocio sacramental”,
ordenado. Los argumentos aducidos –enteramente anacrónicos y carente de todo
fundamento histórico y teológico– siguen siendo los de siempre: la diferencia
absoluta entre “sacerdocio común” y “sacerdocio sacramental”, la elección por
parte de Jesús de 12 apóstoles varones, la distinción entre la función
administrativa y el “poder sacramental” derivado del “sacramento del Orden”,
indispensable éste para la celebración de la eucaristía y la “absolución
sacramental de los pecados”. Nada nuevo bajo las cúpulas vaticanas. En
diciembre de 2022, el papa Francisco incluso hizo suya la teoría del doble
principio, mariano y petrino, que rige la Iglesia, teoría propuesta y defendida
por Hans Urs von Balthasar –uno de los principales teólogos del siglo XX,
referente de la teología más conservadora– en su libro El complejo
antirromano (1974): María simboliza el amor, y es lo esencial en la
Iglesia, pero carece de poder; Pedro y sus “sucesores” –con amor o sin amor–
poseen en exclusiva el poder de representar al varón Jesús, que como varón
representa a Dios Padre… No florecerá la primavera en la Iglesia, mientras no
se rompa este sistema patriarcal.
5.
El
impasse de los sínodos.
“Sínodo” significa “camino compartido”, si bien en el Derecho Canónico
significa ante todo “asamblea del papa con los obispos”. Con el papa Francisco,
llevamos tres Sínodos Generales y el cuarto está en marcha, y no han servido
para caminar adelante sino para dar vueltas en el punto partida, y preveo que
lo mismo pasará con el cuarto que está en curso. Primero fue el Sínodo
de los jóvenes (2018), en el que los jóvenes brillaron por su
ausencia. Luego se convocó el Sínodo de la Amazonía (2018-2019),
en cuyo documento final se proponía que algunos varones casados “idóneos y
reconocidos” que son diáconos permanentes puedan ser ordenados sacerdotes en
“algunas zonas remotas de la región amazónica” (n. 111), pero el 3 de
septiembre del año 2020 el papa Francisco desaprobó ese párrafo. En tercer
lugar, se celebró el Sínodo de la Familia (2021-2022), del que
se esperaba que dijera que los divorciados vueltos a casarse podrían comulgar,
pero todo quedó en el aire, y cada uno hace como mejor le parece, como antes
del Sínodo. Por fin, en 2021 se dio comienzo al cuarto Sínodo General, el Sínodo
sobre la Sinodalidad, que recientemente se ha decidido prolongarlo hasta el
2024, no sé si para ganar tiempo o para perderlo. Pero no puedo pensar sino que
acabará donde empezó: en efecto, en su Documento preparatorio se dice que
“algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores, dispensadores
de los misterios y pastores para los demás” (n. 12), que aquellos “con la
sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad” (n. 13), que
los pastores son los “auténticos custodios, intérpretes y testimonios de la fe
de toda la Iglesia” (n. 14), y se define a la Iglesia como “una comunidad
jerárquicamente estructurada” (n. 14), contradicción en los términos. Si,
después de dos años largos, no supera, que no superará, ese planteamiento, no
habrá sido un auténtico Sínodo, “camino común”, sino un callejón clerical sin
salida.
Mírese lo que
está pasando, lo que ha pasado ya, con el “Camino Sinodal” de la Iglesia
Católica alemana, puesto en marcha a finales de 2019. Por una amplísima mayoría
de laicos y clérigos, obispos incluidos, han reclamado, entre otras cosas, la
ordenación sacerdotal de mujeres y el reconocimiento de la unión de
homosexuales como sacramento matrimonial, pero en el camino se han encontrado
una y otra vez con el veto absoluto del Vaticano para esas y otras propuestas.
Ante su insistencia, el cardenal Kasper, en otro tiempo prestigioso teólogo
abierto, luego obispo y ahora principal apoyo teológico del papa Francisco, a
finales de 2021 declaró que “el Camino sinodal alemán se ha convertido en una
farsa de sínodo”. “Maria 2.0”, el movimiento de mujeres católicas romanas de
Alemania, acaba de advertir que el Camino Sinodal está en peligro de “fracasar
fatalmente”.
6.
El
clericalismo es la raíz de todos los males. La Iglesia Católica romana se define y funciona de acuerdo a un modelo
clerical vertical, autoritario, masculino y célibe. Es un modelo enteramente
obsoleto, sin fundamento alguno en Jesús y en las primeras generaciones
cristianas (si bien hay que decir que dicho modelo no sería hoy vinculante ni
en el caso, totalmente irreal, de que lo hubiese instaurado Jesús en persona y
lo hubiesen aplicado todas las comunidades cristianas al unísono desde el
principio, al igual que ya no son vinculantes para hoy el pergamino o el papiro
y la tinta con que entonces escribían).
El papa Francisco
ha advertido una y otra vez en términos severos contra la tentación del
clericalismo, pero no ha dado ningún paso decisivo para hacerlo desaparecer, ni
siquiera para relativizarlo. Ha denunciado con razón que “los laicos clericalizados
son una plaga en la Iglesia”, pero no que esa plaga es derivada del modelo
clerical de Iglesia ni que este modelo es la causa principal de los grandes
males sistémicos de esta Iglesia católica romana –agresiones sexuales
incluidas– y que hay que derogarlo en nombre de Jesús y de la
fraternidad-sororidad universal a la que la humanidad aspira.
La erradicación
del modelo clerical piramidal, autoritario y masculino requiere la
transformación radical del discurso teológico en su conjunto y el desmantelamiento
de los cimientos mismos del actual Código del Derecho Canónico. No habrá
primavera en la Iglesia mientras eso no suceda, como no podrán avanzar los
sínodos mientras la última palabra la tengan el papa y los obispos nombrados
por él a dedo, ni mientras el papa siga siendo plenipotenciario, elegido por
los cardenales nombrados por el papa anterior, y obligado lógicamente a ceder
el poder real a curias que lo ejercerán en la mayor opacidad y fuera de todo
control, y ello en nombre de Dios y del papa, que apenas se enterará y que poco
podrá hacer aunque se entere. Y no bastará con reformar la burocracia curial,
es decir, fundamentalmente, redistribuir dicasterios y poderes y cambiar
protocolos.
Por todo lo
dicho, la conclusión se me impone: la primavera del papa Francisco sigue
pendiente, enteramente pendiente. Y no puede valer como excusa la existencia
–por verdadera que sea– de grandes poderes que operan contra él desde fuera y
sobre todo desde dentro mismo del sistema clerical (por ejemplo, cardenales como
Pell, Burke, Brandmüller, Müller, Sarah, Rouco, Erdö, Ouellet, Viganò…), pues
las luchas de poder y de intereses forman parte constitutiva del sistema del
papado absolutista.
Pero quede muy
claro: no reprocho nada al papa de mente jesuita y corazón franciscano. Es un
hombre como cualquiera de nosotros, seguramente mejor que yo y que la mayoría
de nosotros, pero eso no viene aquí al caso. Tiene su mentalidad, su teología,
su modelo de Iglesia, con todo derecho, como cualquiera de nosotros. Y hace
como mejor piensa y puede con la mejor voluntad. No le reprocho nada, ni le
exijo nada más de lo que hace, a sus 86 años y con su salud quebrada. Pero
representa un sistema eclesiástico obsoleto. Es rehén del papado y de su
historia y de sus dogmas inamovibles. Y es el jefe absoluto de una institución
en la que se halla enfrentado a una alternativa poco halagüeña: o intentar
reformarla radicalmente (cosa improbable, por no decir imposible) o empeñarse
en mantenerla con meros ajustes de funcionamiento, reformas curiales y
sínodos incluidos (lo que equivale a dejar que siga cayendo poco a poco, al
ritmo aproximado de un punto porcentual al año, según las estadísticas
–implacables– socio-religiosas mundiales; las cifras son implacables).
Tal es el balance
general que hago después de 10 años. Puede parecer demasiado pesimista. Pero
quiero dejar también muy claro: no me siento decepcionado por el papa Francisco
(el lector puede corroborarlo leyendo la breve reflexión “100 días de papado”
que escribí poco después de su elección). No me siento decepcionado por dos
motivos, determinantes ambos: en primer lugar, porque hace 10 años no tenía
expectativas de la gran reforma eclesial (que 50 años atrás era absolutamente
indispensable y tal vez hubiera sido posible), y no hay decepción donde no hay
expectativas; en segundo lugar, porque el hecho de que esta institución
eclesial, que en el Concilio Vaticano II y en el inmediato postconcilio se negó
a reformarse a fondo para empujar el anhelo de un mundo mejor en este mundo,
que esta institución, digo, se vaya derrumbando ya no me parece ni una gran
desgracia ni un motivo de desesperanza.
La esperanza del
mundo ya no se juega en la suerte de este sistema eclesial. Con mis dudas y
contradicciones, trataré de vivir en esperanza: de seguir cuidando en mí mismo
y en los demás la llama vacilante que arde en la comunidad eclesial de las
discípulas y discípulos de Jesús, pero sin esperar la reforma de esta institución
eclesiástica ya irreformable. La esperanza no consiste en esperar o aguardar a
que algo –aunque sea lo mejor– suceda, sino en vivir con espíritu, en respiro,
dejándose inspirar por el Espíritu transformador y poniendo cada día una
semillita de vida para la vida común más plena a la que aspiramos.
Aizarna, 28 de
febrero de 2023